La tercera ley espiritual del éxito es la ley del karma. El «karma» es a la vez la acción y la consecuencia de esa
acción; es causa y efecto al mismo tiempo, porque toda acción genera una fuerza de energía que vuelve a
nosotros de igual manera. No es desconocida la ley del karma; todo el mundo ha oído la expresión
«Cosechamos lo que sembramos». Es obvio que si deseamos crear felicidad en nuestra vida, debemos
aprender a sembrar las semillas de la felicidad. Así, el karma entraña la acción que resulta de las decisiones
conscientes.
En esencia, todos somos escogedores de opciones infinitas. En todo momento de nuestra existencia estamos
en el campo de todas las posibilidades, donde tenemos acceso a un número infinito de opciones. Algunas de
estas opciones se escogen conscientemente, mientras que otras se eligen inconscientemente. Pero la mejor
manera de comprender y utilizar al máximo la ley kármica es que seamos conscientes de las decisiones que
tomamos en todo momento.
Sea que nos guste o no nos guste, todo lo que está sucediendo en este momento es producto de las
decisiones que tomamos en el pasado. Infortunadamente, muchos de nosotros escogemos inconscientemente,
y, por tanto, no nos damos cuenta de que estamos frente a un abanico de opciones; sin embargo, lo estamos.
Si yo insultara a alguien, lo más seguro es que esa persona optara por ofenderse. Si yo le hiciera un cumplido,
lo más probable es que optara por sentirse complacida o halagada. Pero pensemos en esto: siempre hay una
opción. Yo podría insultarla, y esa persona podría optar por no ofenderse. Yo podría hacerle un cumplido, y ella
podría optar por no permitir que mi elogio la afectara.
En otras palabras, la mayoría de nosotros – aunque escogedores de opciones infinitas – nos hemos convertido
en haces de reflejos condicionados, los cuales son constantemente provocados por las personas y las
circunstancias, en forma de comportamientos predecibles. Estos reflejos condicionados son como los de
Pávlov. Pávlov se hizo famoso por demostrar que si se le da algo de comer a un perro cada vez que suena una
campana, pronto el perro comienza a salivar cuando oye la campana, porque asocia un estímulo al otro.
La mayoría de nosotros, como consecuencia del condicionamiento, respondemos de manera repetitiva y
predecible a los estímulos de nuestro medio ambiente. Al parecer, nuestras reacciones son provocadas
automáticamente por las personas y por las circunstancias, y así olvidamos que esas reacciones son opciones
que escogemos en cada momento de nuestra existencia. Sucede simplemente que escogemos esas opciones
inconscientemente.
Si nos detenemos un momento y observamos las opciones que escogemos en el instante mismo en que las
escogemos, ese simple acto de convertirnos en espectadores nos permite sacar todo el proceso del reino del
inconsciente para traerlo al reino de la conciencia. Este procedimiento de elección y de observación
conscientes da mucho poder.
Cuando hagamos una elección – cualquier elección – hagámonos dos preguntas. En primer lugar: «¿Cuáles son
las consecuencias de escoger este camino?» El corazón nos lo dirá inmediatamente. Y en segundo lugar:
«¿Traerá esta decisión que estoy tomando felicidad para mí y para quienes me rodean?» Si la respuesta es
afirmativa, sigamos adelante. Si la respuesta es negativa, si se trata de una opción que nos traerá sufrimiento a
nosotros o a quienes nos rodean, abstengámonos de escoger ese camino. Es así de sencillo. Solamente hay
una opción, entre el número infinito de opciones que se presentan a cada segundo, que puede traernos
felicidad a nosotros y a quienes nos rodean. Elegir esta opción produce una forma de comportamiento que se
conoce con el nombre de acción correcta espontánea. La acción correcta espontánea es la acción apropiada
que se toma en el momento oportuno. Es la respuesta correcta a cada situación, en el momento en que se
presenta. Es la acción que nos nutre, a nosotros y a todas las demás personas a quienes ella afecta.
El universo tiene un mecanismo muy interesante para ayudarnos a tomar decisiones correctas
espontáneamente. Este mecanismo se relaciona con las sensaciones del cuerpo, las cuales son de dos tipos:
de bienestar o de malestar. En el instante mismo en que estemos tomando una decisión conscientemente,
prestemos atención a nuestro cuerpo y preguntémosle: «¿Qué pasa si opto por esto?» Si el cuerpo nos envía
un mensaje de bienestar, es la decisión correcta; si da señales de malestar, entonces no es el camino
apropiado.